Hoy se encontró un escorpión en el baño, parecía una señal rara, raro el estomago por la comida de siempre, dame mas huevos con frijoles por favor, esperaba el día de su suerte en el jardincito, sentado bajo el papayo imaginaba que fuese mango, la vida y el tiempo eran recurrentes en su pensamiento cuando apareció la pistola en su cabeza
-Pinché la rueda, ayudeme a arreglarla viejo
Se levantó tranquilo, paz aprendida en la guerra, nada tenía, su hija ya no se acordaba de él, hizo un buen trabajo.
-Voy a buscar la llave y el gato.
Se introdujo en la casa y el ventilador del techo aireaba su cerebro, el tipo le seguía con paso firme a dentro, sentir su respiración en la nuca le hizo enfrentarse a la realidad de su muerte, la había sentido tantas veces que desconecto el chip del miedo y se agacho bajo el armario, brillo en sus ojos aquel arma tanto tiempo dormida pero con sangre en su haber.
-Aquí abajito los tengo.
Con un movimiento veloz le dió una patada en la rodilla que hizo caer al asaltante al suelo y se encontró encima suyo apretando la pistola en su cabeza, casí rompiendole los huesos del craneo.
-Ahora te debería de matar.
Mientras el otrora valiente temblaba miedoso, no tenía la paz de la guerra solo violencia generada de horas de televisión y pajarear con los amigos, puede que fuese un buen niño, puede que perdiese a sus padres en la guerra. El había hecho un buen trabajo con su niña, ya no se acordaba de él.
-Dame una razón para no hacerlo.
-...
-Una
Solo espuma caliente salía de su boca, se había meado en los pantalones, el viejo se acordó de su primera y única vez cuando el ejercito vino a reclutarlo a su escuelita, hacía un mes de sus doce años y lo esperaba, ya se habían llevado a amigos suyos, pero no evito que el miedo ganase a su cuerpo.
-Culero de mierda, hablame para que te perdone la vida.
-mi... hija.
Un chispazo de humanidad le recorrió por el cuerpo mientras levantaba aquel despojo y lo arrojaba a la calle, sentandose tranquilo de nuevo el jardincito a pensar en la vida y el espacio. Aquel corría meado jurando que un día lo mataría. No supo que pensar entonces, habría hecho bien o mal, habria hechado de menos su hija aquel tipo. Las dudas se empañaron en el humo de un cigarro, los grillos seguían frotando sus patitas.